20 de junio de 2010

Desde Yogyakarta, Java, Indonesia

Yogyakarta es una ciudad grande, supuestamente con menos de un millón de habitantes, pero muy congestionada. Tiene más autos que Bali o Lombok, unos pocos buses, aún más motos, carros con caballos y un medio de transporte nuevo, el “becak”, una bicicleta que lleva en el frente un asiento doble con techo.
Yogyakarta, o Yogya como le dicen, es el centro político y cultural de Java; es muy cosmopolita, tiene universidades y aún conserva mucha de su arquitectura antigua. Aún tiene sultanado, por lo que su atractivo turístico principal es el “Cratón”, un área del palacio con museos y ciudad donde viven los trabajadores del sultán. Pero como hoy es domingo, y hay gente de muchas partes y buses llenos de estudiantes paseando, dejé la visita al Cratón y demás templos para la semana.
Otra cosa que no se puede obviar en la ciudad es que se trata del “reino del batik”. Hay batik por todos lados, y en su inmensa mayoría son horrendos; la ropa es “del terror”, con colores tristes y sucios; sólo algunas pinturas son bonitas. Quizá termine comprando una falda larga de batik para “comportarme mejor” en la calle.
El alojamiento que encontré está en el “centro del turismo”, en los callejones “Gang”I, que tienen hospedajes, casas, internet y negocios, todo bien apretado y algo oscuro. Queda cerca de la estación de trenes y a una cuadra de la calle principal, Malioboró. Mi pieza es muy barata (40.000rp), aunque la calidad e higiene son bastantes pobres (nada que criticar); pese a lo “individual” tiene dos camas simples, una más cubierta en polvo que la otra, y un cuarto de baño tan pequeño donde es casi imposible voltearse, con la ducha sobre la taza (de ras de piso) y la cubeta y llave de agua a un costado.
La calle Malioboró tiene dos pistas angostas que van en un mismo sentido, para autos, buses y motos. A su lado derecho tiene una pista para carritos y caballos y a su izquierdo otra para estacionar motos. Entonces vienen las veredas en los extremos, la de la derecha llena de productos de batik y la de la izquierda con venta de comida... un metro de ancho, con suerte, queda para el paso de la gente. A todo esto se le agregan, a continuación, los negocios con de todo, especialmente con más ¡batik! Para cruzar la calle, afírmense, que nadie para.

La ciudad también tiene un “Malioboró shopping”, con tiendas occidentales, McDonald’s (que vende además fideos) y calzados Bata.
Hoy tomé un “becak” (10.000rp) para ir al mercado de los pájaros. Estos indonesios son criminales con los animales. Los pajaritos son muy bonitos y las jaulas de palitos hermosas; pero tienen muchos pájaros en jaulas ínfimas o uno solo en donde casi no cabe. Vendían también gekos, 10 por jaula y reptiles apretujados... una pena. La sección de peces, de Sumatra, era ¡una maravilla de colores! El mercado resultó súper “choro” y bonito para conocer, pero finalmente una bestialidad. Unos turistas extranjeros me contaron que vendían por 1 euro 10 pajaritos verdes o rosados, para liberarlos en la plaza… la inocencia del corazón bueno, cuando lo único que pasará es que los volverán a atrapar para seguir lucrando. Un geko costaba CL$500 y una jaula “grande” de madera CL$10.000 (sin regatear).
Regresé caminando al centro. Me metí a tiendas, caminé y caminé. Finalmente llegué a “Taman Sari” y a donde viven los trabajadores del Sultán; pero para entonces la batería de la cámara se había agotado, así que decidí regresar otro día. Entones no pude resistir la tentación de comprar una pintura batik sobre seda; no pude escapar a la insistencia de esta gente que te “embute” como sea las cosas, y es que como me gustó la pintura, ocupa muy poco espacio (es un paño del gado) y logré comprarla a un precio bueno (113.000 rp, un tercio de lo que originalmente me ofreció), menos dije que no.
De regreso al hospedaje, caminando, conocí a una australiana que se está quedando en mi mismo lugar; quizá vaya conmigo a los templos mañana, pero no está segura de querer ir en moto; ahí veremos.
Ahora, en la noche, fui a comer a Malioboró, a los restaurantes que abren al atardecer, como la gente local. Comí por 26.000rp arroz, pollo, jackfruit (una pasta oscura de esta fruta, un poco dulce, sabrosa) y verduras (espinaca salteada en jugo... primera vez que me gusta la espinaca), y tomé un jugo por 7.500rp. Los restaurantes consisten en un área techada a lo largo de la vereda y tapada con lona sólo por el lado opuesto de la calle, con una cocina en un extremo que tiene un mesón con algunas comidas hechas en fondos grandes, fuegos para saltear, una asadera casera a la orilla de la vereda y neveras para los mariscos; seguidas a la cocina y perpendiculares a la vereda van las mesitas alargadas casi a ras de piso, sobre tapices de entramado multicolor plástico para sentarse sobre el suelo; las sandalias deben dejarse en la vereda... como en la mayoría de los negocios.
La noche en Malioboró está llena de vida... y caos. Con muchas luces que vienen de las tiendas (la calle misma no tiene); llena de autos y motos; con cientos de motos estacionadas, muy organizadas y con los cascos y chaquetas de sus dueños (porque no roban); con carritos esperando llevar al primero que se le cruce por delante; repleta de gente, familias, velos, sonrisas, grupos de música con tambores, “taksis” (taxis), comida en la calle, humo de asaderas, comercio callejero... y entonces un avión muy bajo que pasa por sobre la cabeza listo para aterrizar. “Del terror”, pero interesante desde el punto de vista de un turista como yo.
Mañana comienza la visita a los edificios y templos.
Un beso,

Antonia

19 de junio de 2010

Desde el tren “bisnis”, Java, Indonesia

Hola familia.
Fue triste dejar Bali, aún con tanta gente insistiendo vender lo que sea o conversando a cada minuto. Ahora estoy en la selva ciudadana de Yogyakarta, en Java central.
Tardé 24 horas entre Lovina, Bali, y Yogyakarta. Partí en el bus público de Lovina a las 12 pm y tomé el tren a Yogyakarta a las 22:15 am. El tren llegó a Surabaya a las 5:30 horas; estaba bastante limpio, ordenado y sin mucha gente, aunque debido a que paraba a “cada instante” los asientos terminaron casi todos usados, y entonces no pude tenderme a dormir a lo ancho de la butaca doble. La gente se alternaba, uno durmiendo a lo ancho del asiento y el otro tirado en el piso con los pies hacia el pasillo.
El tren tenía un vagón de comedor y seis con asientos separados para dos clases: una primera llamada “eksekutif” y una segunda más barata (en la que viajé), llamada “bisnis” (145.000rp). También existe una clase económica llamada “ekonomi”, que cuesta un cuarto de la “bisnis” (36.000rp), pero ésta estaba disponible sólo en el tren de las 6 am, tiempo que no quería esperar. La diferencia entre la primera clase y la “bisnis” fue que tenía aire acondicionado en vez ventiladores (que durante la noche no era necesario).
Durante el viaje el tren paraba en varias estaciones, cuando un señor pasaba vendiendo comida y bebida, muy tranquilamente y poco ruidoso, y ofreciendo almohadas. Lo único desagradable del viaje fue el al estar permitido fumar dentro del tren, y pese a que casi todos los indonesios fuman, hubo dos “desubicados” haciéndolo desde sus asientos. A parte de eso, el viaje estuvo muy tranquilo y bueno.
El viaje de Surabaya a Yogyakarta (70.000rp) partió a las 7 am y finalizó a las 12:30 horas. Ni se imaginan cómo llegaron mis pies; ¡como sapo!, hinchados “a mango,” y yo “muerta” de sueño. Y pese a que olvidé tomar la aspirina para evitar los coágulos, me paré del asiento para caminé varias veces.
Mucho no vi del camino, primero porque era de noche y más tarde porque iba sentada al lado de un tipo que no paraba de conversarme y en el único asiento del lado del sol sin cortina; hacía un calor “del demonio”. El tipo fue respetuoso, pero trató de organizar mi estadía para llevarme por aquí y allá; yo rehusé toda amabilidad y le dije que estaba casada. Y es que con estos musulmanes uno no sabe; te muestran la foto de sus hijos, luego quieren sacarse una foto contigo para publicarla en facebook y continuar el contacto, y salir juntos... ¡¿para qué?!
En una de las estaciones, un grupo de chicos me tocó la ventana desde afuera del tren para conversar a través del vidrio, ¡impresionante!, y no pararon hasta que el tren partió.
Aquí los blancos somos como estrellas de cine. Hoy un grupo de niñas me paró para, por favor, sacarse una fotos conmigo, y luego una con cada una. Me preguntaron el nombre y me dieron la mano, todas nerviosas, avergonzadas y riéndose.... y yo ¿qué?, les pedí una foto también. Así como en Selong Blanak, en Lombok, cuando por vestir bikini un grupo de chicos quiso sacarse fotos conmigo, usando el teléfono celular, porque todos tienen celular pero nadie cámara, y entonces foto con uno y con otro; más tarde, yo tirada en la arena, llegaron los mismos más unos cuatro amigos nuevos en moto, pidiendo más fotos, con abrazo y todo, y al ratito, luego de las gracias, uno vino corriendo con una guagua para que la tomara y me sacara una foto con ella. Como si fuese el orgullo de por vida, quizá para poner la foto en la pared de la pieza.... no sé. Para los rubios el tema se torna aún más crítico.

Antonia.

18 de junio de 2010

Desde Banyuwangi, Java, Indonesia

Y bueno, ya dejé Bali, y las motos... por el momento.
Desde Lovina, en Bali, tomé el bus público a Gilimanuk a las 12 pm (30.000rp, tardó 2 horas) y luego el ferri para cruzar a Banyuwangi, la entrada este de Java (7.500rp, tardó 1 hora), donde esperé el tren hasta las 22:15 horas rumbo a Yogyakarta. Por suerte conocí a una pareja de holandeses con quien pude conversar y comer local (10.000rp) hasta entonces. Igualmente la gente de la estación de trenes fue muy amable; me prestó su sala “eksekutif”, para ver tele e ir al baño, pese a que viajaría en “bisnis”. La gente adora poder conversar, en el bus, en la calle, en donde sea; es la manera que tienen de aprender inglés. Aunque para decir verdad, lo que más ansiaba de la sala “eksekutif” no eran sus sillas cómodas ni la tele, que con entusiasmo me ofrecieron, sino ¡el baño!; hacía tanto que no iba, que luego del retorcijón de estómago que me vino estando en el internet del centro, la oferta fue imposible de soslayar.
A las 5 am haré trasbordo en Surabaya y llegaré a las 11:30 am a mi destino, Yogyakarta. Supongo que no tendré más playas hasta unas dos semanas más.
Hasta la próxima.
Antonia


Mapa de la ruta por Java


Desde Lovina, Bali, Indonesia

A aclarar las dudas. No, ya no tengo ampollas en las manos; con mis ensayos llegué a la conclusión que es o el exceso de calor y humedad, como mi hermana me dijo, o las galletas que solía comer... o Lombok. Es que después de Lombok, se me pasó, incluso habiendo vuelto a comer maní. El calor de los pies volvió una vez más en Bali, cuando comí maní y fui a la playa, y luego una vez más sin maní pero con playa. Por tanto, será que Lombok es más húmedo y que el exceso de calor brota por mis pies en las noches cuando he estado al sol. La galletas no las comeré de ningún modo, pero el maní sí porque las comidas son muy buenas.
Desde Amed viajé a Culik en la parte trasera de la moto de la hija mayor de la familia del hospedaje, aprovechando su ida al mercado; ella está casada con un holandés y viven en Denpasar. Luego tomé un bemo a Singaraja; como de costumbre, éste trató de cobrarme 400.000rp cuando sólo valía 30.000rp. Y luego hice un trasbordo “discutido” y con cara de “pobrecita” para que me llevaran a un hospedaje en Lovina central y con un precio al menos razonable... estoy aprendiendo. Sin embargo, no fue hasta que un motorista tomó el mando de la búsqueda que llegué a donde quería (les dan comisión por llevar a los turistas).
Y ahora ya estoy en el norte de Bali, en Lovina, después de otra travesía.
Lovina es una ciudad turística, pero resultó ser súper bonita y agradable; me gustó muchísimo. Es conocida por sus delfines. Tiene playas no paradisíacas, pero bonitas y de arena oscura. Al otro lado del puente, en la parte no turística, conversé en la tarde que llegué con un balinés originario de Lovina, pero que vive en Dublín, lo que estuvo bien interesante. Budi, este amigo que hice, me presentó a sus amigos que tocan guitarra en la playa todos los días, me mostró el terreno que se compró y la comida de la gente local... increíble, “mil veces” mejor que la de los restaurantes; tuvimos harta conversa entretenida durante mi estadía. Pese a mi expectación por probar cosas diferentes, ir a comer al mercado callejero que alguien mencionó, a donde la gente local va, no fue de mayor interés.
Al día siguiente de haber llegado a Lovina arrendé una moto y partí a Batur, la región de los lagos... ¡maravillosa! Con un clima más frío, pero templado, con árboles más grades y oscuros, limpio, bien limpio, más “pituquito”, con coronas del inca a los costados de la calle (al ser más frío son más rojas que en el resto de Bali), arrozales y un mercado con frutas, vegetales fritos, especias de todo tipo.... una maravilla; ahí sí que no tendría problemas para vivir. En las orillas de las veredas la gente seca al sol los clavos de olor y la vainilla, que liberan un olor delicioso. Y yo dale que dale con la foto; es que si no fuese porque una nube negra me seguía me hubiese detenido cada cinco minutos para sacar más y más fotos. Al final la lluvia igual me pilló, pero con menos intensidad que la otra vez.
En la noche, en Lovina, hubo un torneo de voleibol local, Kalibukbuk Cup III; estaba lleno de gente y de motos estacionadas, todos fervientes con el entusiasmo. Jugaban la policía v/s locales; los policías arrasaron, eran muy buenos y con un físico insuperable. Y más tarde jugaba por la televisión Chile v/s Honduras en el mundial, que no vi porque para entonces yo estaba en una fogata en la playa con los chicos indonesios tocando instrumentos y cantando para turistas... y yo metida entre medio.

Ayer fue día de relajo, playa, lectura, ocio y comida rica. Pero yo, la muy “pava”, dejé las chalas a la orilla del  mar cuando me metí al agua, las que después de un rato tomando el sol... ¡bah! una chala ya no estaba... apareció como 100 metros más allá.
Los atardeceres en Lovina también son muy bellos; no rojos como en Lombok, pero metálicos amarillentos y calmos.
Hasta la próxima.

Antonia

14 de junio de 2010

Desde Candidasa-Amed, Bali, Indonesia


El sábado volví con Jessica a Bali, en la misma travesía que nos llevó a Lombok. Esta vez el ferri estaba lleno y las caras de los turistas no tan motivadas.
Internet ha sido muy difícil de usar, es muy lento y por lo tanto termino pagando mucho por, muchas veces, hacer nada. Pero, por fin, aquí en Amlapura funciona bien.
Después de llegar a Padang Bai, en Bali, tuve que escoger mi destino próximo, Candidasa, pues el paquete de viaje desde Lombok incluía como única alternativa final en el noroeste de Bali a esta ciudad. Me subí a un auto pequeño con otras dos personas que iban a Candidasa; el resto de la masa iba a Kuta, Ubud y Denpasar; Jessica siguió a Ubud para continuar a Canadá.
Candidasa era sólo una calle con restaurantes y hoteles, turística y cara. Dormí allí porque ya era de noche, pero a la mañana siguiente me fui a Amed.
Oí que Amed era muy lindo; pero no me lo pareció tanto, sobre todo porque tiene mucha basura. Aunque si no fuese porque está nublado, la vista sería mucho mejor, y por tanto más bonito.
Amed es un pueblo tranquilo con playas de arena negra y cientos de botes pequeños, al oeste de Bali; está al costado del volcán Gunung Agung (que se ve desde Lombok). Caminé por la calle que bordea la costa, fui a la playa y volví al hospedaje donde conversé sobre la plataforma comunitaria con dos turistas, de Austria y Escocia, y con el dueño de casa hasta la noche. Allí probé el “arak”, el agua ardiente local hecha de palma que toman mezclada con Sprite; era rico, pero no más que para beber un vaso.
La pieza donde duermo pertenece a una residencia familiar; tiene una cama, una silla, cachureos bajo la cama y rendijas en la parte alta de las paredes que dejar pasar al aire y también a los mosquitos (las paredes están cubiertas de cuerpos muertos ensangrentados). La propiedad tiene, además de estas dos piezas multiuso y su terraza, una casa central familiar cuadrada y maciza, construida en altura, con una terraza exterior en una de sus esquinas por la que se accede subiendo una escalera y desde donde se entra a la casa. Dentro de la casa hay un espacio común con una televisión y un colchón; una pieza y un baño comunitario sin cielo y al estilo occidental; un sector de lavandería abierto a un costado; un área de cocina trasera con un cuarto pequeño para el fuego y los utensilios; un cuarto de baño anexo estilo oriental, con lavatorio, taza rastrera y una cubeta de 100 L con agua y un cucharón para bañarse. Y en el centro del patio hay una plataforma cuadrada, también en altura y con techo, para relajarse y compartir, la actividad más importante para el balinés. Tanto las terrazas como el interior de la casa relucen en azulejos color terracota.
La esposa de la familia y la hija pequeña se encargan de los rituales hindú, que son todos los días en la mañana, al medio día y en la tarde. Para cada ritual la gente compra flores, hace sobres tejidos con hojas de palma, cocina arroz que tiñe de colores y crea paquetitos con esto que coloca, junto a algunas frutas, frente al monolito de los dioses y a la entrada de sus residencias o fuera de sus locales comerciales, y les quema inciensos para ahuyentar a los espíritus malos y traer buena suerte. Cada ritual duras de dos a tres horas, y si bien toda la familia participa, muchos jóvenes confiesan no comprender el porqué, y ya no sienten su importancia.
Ayer domingo arrendé una moto para pasear por los alrededores de Amed. Tirta Gangga resultó espectacular; tiene centenares de terrazas arroceras en un valle largo y grande, que por falta de una vista buena desde el camino no pude fotografiar en magnitud; es de quedarse con la boca abierta, que de haberlo sabido antes, habría insistido en buscar alojamiento allí, o al menos ver la posibilidad de hacer un tour.
Luego de usar el mejor internet del viaje, en Amlapura, la ciudad más grande de por aquí, me fui en moto hacia el norte de Amed. Subí y subí por parte de lo que debe haber sido el volcán Gunung Agung, el más alto de Bali (3.142msnm), sin saber bien a dónde pero buscando un pueblo que salía en el mapa, Rendang.
Un policía, luego de un movimiento con la moto que sospeché no era correcto, me detuvo. Pensé que “estaba perdida”, que me pediría plata por alguna razón, pero luego de mostrarle todos los papeles en orden y la licencia internacional (servía, era realmente internacional, igual a la que tenía Jessica), sonreír un poco (porque era muy guapo) y ponerle cara de turista despistada, dejó que siguiera mi camino sin más que sonreírme de regreso para devolver mi coqueteo.
Escogí un solo templo de la guía para visitar, al azar, porque no tenía mucho tiempo restante para regresar con luz. Así fue como llegué a Pura Besakih; me cobraron entrada, me hicieron arrendar un “sarong” (olvidé en Amed el que había comprado en Ubud), pero cuando un guía turístico me insistió que lo necesitaba a él para entrar, partí empecinada el recorrido sin él. Era una “cosa” ¡enorme!, ¡impresionante! No me quedé más que 15 minutos, pero ¡qué cosa!, ¿linda?, sí, supongo, aunque impresionante ante todo.
El paseo por el monte fue hermoso, me pareció el “paraíso del hinduismo”, con sus construcciones y decoraciones típicas, algo desolado y sin turismo excepto por el templo a donde llegaban buses colmados con extranjeros; era limpio, con vegetación espesa, más fresco que abajo... fue maravilloso.
A mi regreso, me anduve perdiendo entre caminos de tierra y arena, manejando lo más rápido posible montaña abajo. Finalmente me encaminé, y de pronto vi cruzar, sin poder detenerme porque estaba en la carretera, a ¡una serpiente! (o culebra); era gris con líneas azules y rojas… que miedo... aunque supongo que ella lo pasó peor pues dudé si logré obviarle la cabeza con mi rueda.
Cuando llegué a Amlapura quise tomar otra ruta; me fui por Ujung, y desde allí por los cerros bordeando la costa hasta Amed. Fue un viaje larguísimo, pero ¡lindo! Se puso a llover poco antes de llegar a mi hospedaje, lo que sumado a que iba rápido y por un camino algo agujereado, hizo que en un frenazo la rueda trasera se resbalara en algo de arena, haciéndome caer de lado y patinar un par de metro por el pavimento desolado; mi única preocupación fue la moto, por lo que al ver que no le había pasado nada (al parecer patinó sobre mí), seguí mi trayecto. Llegué empapada, sumando ropa mal oliente, y con un “golpecito” poco grave gracias a la ropa larga que me protegió, quedando sólo con el codo y la rodilla raspados. Fue gracias a la ropa larga que devolví la moto sin inconveniente, al pasar desapercibido mi sangrado.
Mañana tengo pensado ir al norte, a Lovina, y desde ahí bajar al sur a los templos que se supone "hay que ver". Espero tener al menos 10 días para Java, porque he oído que es muy interesante, especialmente Yogyakarta.
Que estén bien, que yo estoy perfecto.
Extra: Mamá, sigue cocinando, qué maravilla, espero algo rico a mi regreso; pero por favor sin arroz que aquí quedaré "hasta la tusa" de comerlo casi todos los días. Y los baños no son todos terroríficos; yo creo que aunque feos, son más higiénicos que los nuestros al no sentarse… manejo el equilibrio.
Antonia

11 de junio de 2010

Desde Senaru-Tetebatu-Kuta, Lombok, Indonesia

 El lunes en la mañana, insólitamente, no había nadie levantado a las 8 am en Senggigi. Encontramos un solo local abierto para tomar desayuno; en el lugar que buscábamos (sin paredes) sólo había un hombre dormido sobre una colchoneta. Tipo 9:30 horas tuve mi entrenamiento de motocicleta (scooter), y al rededor de las 10 am partimos nuestro recorrido alrededor del volcán Gunung Rinjani mientras nuestras mochilas quedaron en el negocio de arriendo de motos, en una esquina.

Qué alegría y qué fácil es manejar la motocicleta; y en Lombok casi no hay tráfico, aunque quizá sea porque es día lunes. Entre paradas para fotografiar y una velocidad promedio de 40 km/h, llegamos a Senaru a las 13:00 horas tras un paisaje lindo, campestre, con muchos cultivos (arroz, maní, porotos), aunque con un pavimento a medio deshacer (pero nada muy malo para ser estatal). Y el hostal que encontramos en Senaru también era bueno (80.000rp), tenía puerta y tasa occidental en el baño, aunque una vez más sin lavatorio; con una vista increíble sobre el valle, con el mar de un lado y el volcán Rinjani del otro. Senaru agrupa a “villas montañosas pintorescas, a la mejor base para subir el Rinjani”.
Pero decidimos no subir el monte Rinjani porque, además de ser muy cara la entrada (>550,000rp por dos días), la subida se hace de noche (sin vista), tarda muchas horas, mi historial subiendo cerros nunca ha sido muy bueno y todo para ver sólo un lago (no me convenció). Caminamos entonces por la calle del pueblo que va en pendiente; era efectivamente bien “pintoresco” el pueblo, y tenía muchos niños.
Haberme tapado con ropa larga durante el viaje fue bueno, pues con el viento no da calor y evité quemarme con el sol como hizo Jessica.
Algo por mencionar es que en Indonesia, donde quiera que se esté, todo gato es chico, flaco y con la cola cortada, ¿qué diablos?, ¿estará en la sopa? Y, ¡miércales!, a todos les gusta saludar diciendo “halooooo” (con sonido de H inglesa pero vocales en español) y hacer millares de preguntas; hasta mientras se conduce la gente abre la ventana del auto o maneja la moto contigua y a la misma velocidad para conversar. Preguntas infaltables y repetidas unas 20 veces al día son (en inglés): ¿de dónde eres?, ¿cómo te llamas?, ¿a dónde vas? Y de Chile, el 90% saca inmediatamente el tema del fútbol, mencionando a Zamorano, algunos a Salas y hasta a un Gómez del que yo no sé; ya saben que Chile juega en el mundial y hasta el grupo al que pertenece, aunque Indonesia no participa... ¡qué pena!, es el sueño de todos.
Otra cosa es que, en Gili me aparecieron unas ampollitas en la parte superior de las manos, igual a lo que me pasó en el pecho en Natal, pero sin picarme tanto, y los pies me arden durante la noche como si los tuviera quemados; hasta me he tenido que levantar durante la noche a mojarlos con agua fría para poder dormir. No entiendo lo que les pasa a mis extremidades; sumando y restando creo que puede ser una reacción alérgica más que el calor, por ello paré de comer unas galletas y maní, para ver qué pasa. La gente de aquí no sabe, uno hasta me frotó una planta como tratamiento, pero no resultó.
El martes el sol me despertó a las 6:40 am. La noche en la montaña no estuvo calurosa (más bien fría), y la mañana tampoco estuvo muy amena porque todos nos querían “sacar plata a como dé lugar”; sentimos cierta tensión en el hostal. Fuimos entonces a una cascada a bañarnos con agua helada, que mi piel pedía desesperadamente, y luego continuamos la odisea en moto alrededor del volcán Rinjiani.
Tardamos ¡5 horas desde Senaru hasta Tetebatu! Lo malo fue que estaba medio nublado y por lo tanto la vista no fue la mejor; pese a ello el viaje fue espectacular.
La parte alta del viaje, Sembalun, es muy hermoso; tiene una planicie enorme con cultivos (tomate, pepino, arroz, muchas cebollas) rodeados por montañas ralas verde intenso, muy imponentes y algo altiplánico. Además, y a lo largo de todo el trayecto alto, nos topamos con varios grupos de niños que “decoraban el paisaje” y nos extendían la mano para tocar la nuestra; iban caminando con sus uniformes de colegio, y las niñas con túnica; se veían muy lindos.
Desde la última parte en subida y hasta casi toda la bajada hasta Sapit, había un bosque lluvioso semi-tropical bien tupido, algo fresco por las nubes y con algunos monos en el camino. Entre la selva y Sapit, los lados del camino tenían platanales; se veía muy bello; pero, pese a acarrear lo referente a la cámara de fotos, olvidé el adaptador de corriente en Senggigi, y por lo tanto no tomé fotos al casi no tener más batería ¡en el segundo día!
Abajo, desde Sapit hasta la parte plana, otra vez estaba lleno de cultivos, pero ahora todos en terrazas, con piscinas, melgas o camas, con cubiertas de suelo o túneles plásticos; luego supe que esto era para el tabaco, para evitar el exceso de agua. Había también mucho arroz, repollos (enanos) y zanahorias.
Una vez abajo, y ya cansadas de tanto hoyo en el camino, me salió lo “sudaca”; empecinada al volante, en la carretera llena de autos y motos, yo estaba ¡feliz! Mezquitas de colores, de formas y tamaños variados por todos lados, y musulmanes y velos “a la orden del día”.
En Tetebatu, en la falda sur del volcán, la gente es muy humilde y las calles son “rompe huesos”, con hoyos cada 30 cm; pese a ello, el hostal que encontramos es el con la mejor relación precio-calidad de hasta a el momento (50.000rp, negociado eso sí...como siempre).
Un joven con el que conversé en el restaurante me dio harta información de Indonesia, sobre temas muy diversos. El tipo sabía mucho de su país pese a que sólo había terminado el colegio, tenía un nivel de inglés muy bueno, manejaba un cafecito en el pueblo (modesto), enseñaba inglés en su casa y cocinaba "sasak" (comida de Lombok) a los extranjeros… ¡qué orgullo!
El miércoles, en Tetebatu, fuimos a una caminata con un guía pagado, porque de lo contrario es fácil perderse, dicen. Caminamos entre cultivos hasta el parque nacional, que ahora tiene entrada pagada (20.000rp para turistas, 5.000rp para locales). El parque no tenía nada muy especial; sus monos negros son tan asustadizos que sólo pueden “verse” porque los bambúes se mueven y suenan. Los bambúes eran ¡enormes!, y la cascada final bonita, pero nada gloriosa; nos bañamos.
Los cultivos que vimos eran bellos; había mucho arroz. Aquí hay dos tipos de arroz, el “normal” y el “pegajoso” (para repostería); este último es más alto y su ciclo dura 6 meses en vez de 4. Usan almácigos para todo; el tabaco se cultiva bajo túnel y a veces con cobertor plástico para evitar el exceso de agua; controlan las pestes con pesticidas de empresas trasnacionales aplicados con bomba de espalda, mientras las malezas las controlar a mano, trabajo que junto a la preparación de suelo es de hombres; la cosecha la hacen las mujeres. Todo lo paga el agricultor, nada es subsidiado. Para el arroz, el trasplante se hace con atados de 10-15 plantitas luego que el suelo es inundado; luego colocan peces para mejorar la aireación y finalmente ¡pescan!... doble propósito.
Vimos también unas pocas plantas de vainilla (enredadera monoica que polinizan por cruza manual), cacao y hasta un árbol de clavo de olor... ¡qué lindo!
De regreso a Tetebatu se puso a llover “como chancho”; entonces Ari, el guía, nos cortó una hoja de plátano para usar como paraguas, pero aunque funcionó relativamente bien, quedamos mojados. Mi única preocupación era mi mochila que tenía la cámara, cables y ropa.
La caminata la compartimos con Thierry, de Francia; bien simpático. Como para creer que llevo a un ángel vigilándome (o que la meca me protege), Thierry resultó tener una cámara igual a la mía, y por lo tanto pude cargar la batería, ¡qué suerte! Y como él también iba a Kuta-Lombok ese mismo día en la tarde, esperando hasta las 17:00 horas a que la lluvia parara, que resultó coincidir con el segundo en que Thierry dijo no esperaría más, nos fuimos los tres a Kuta en nuestras motos respectivas, tardando dos horas a 50 km/hrs promedio.
Estoy enamorada de la motocicleta, es increíble, y manjar en Indonesia, a excepción de los hoyos, es un placer. El paisaje es muy variado, tiene selva, plantaciones, campo, cuidad, tráfico, soledad, mecas, colores, pueblitos, cemento, tierra, y aunque todo se vea caótico, se maneja bien.
Llegamos de noche a Kuta, el paraíso de los surfistas. Mientras manejamos, los insectos chocaban en contra de nuestras caras y los sapitos, que aparecían de todos lados en la noche, cruzaban la calle.
Ayer jueves, finalmente no necesitábamos despertar temprano; pero a las 4:30 am la meca comenzó su “canto del terror”, qué “pintoresco” podría decirse, pero no, no es nada grato y menos a esa hora. Es que estos musulmanes son tan extraños.

Fuimos la playa; una vez más sobre ruedas fuimos a las playas del este porque en Kuta todo estaba muy sucio. Fuimos a Selong Blanak primero, playa paradisíaca con cerros escarpados verdes, arena blanca y mar calipso; excepto porque había mucho viento y una competencia de botes muy ruidosa. Ahí tuve que posar para las fotos de los teléfonos celulares de varios adolescentes. Y es que pronto me di cuenta de mi desubicación, de que me había puesto traje de baño en un mundo musulmán en que todos se bañan tapados. Incluso intentaron pasarme a una guagua para que posara junto a ella. Así que decidí tomar sol a un lado de un bote estacionado que me cubrió de las miradas.
Luego fuimos a Mawan, también una playa muy linda, pero redonda y con marea muy baja para entonces; en ésta había un grupo de Java filmando un comercial para la televisión, del tipo asiático moderno, con ropa celeste intenso Adidas y mechas rubias. Y terminamos comiendo en un restaurante lindísimo, con una vista sobre Kuta de postal; ¡por fin ensalada!
En la noche fuimos a un local a conversar, nos tomamos un trago y comimos un “banana Split”.
Hoy en la mañana, viernes especial para los musulmanes, no sólo me despertó el canto de una meca, sino el de tres a la vez... ¡qué infernal!
Thierry partió a Gili, y Jessica y yo de regreso a Senggigi. Pasamos por la capital de Lombok, Mataram, con mucho caos y nada a la vista que llamara la atención. También pasamos por un templo hindú a orilla del mar, donde se enojaron por lo poco que pagamos, haciéndonos pagar más por “el pago opcional”.
Y esa fue mi travesía por Lombok, ¡magnífica! Mañana regreso a Bali.
Se me olvidaba, el plan de viaje cambió completamente. Ir a la isla Flores tarda mucho y la locomoción es muy difícil, así que después de Bali me voy a Jacarta en Java.
Ya, el testamento está cada vez más musulmán... o sea, “infernal”.
Besos a todos.
Antonia