A
las 7:30 horas del domingo pasado tomé el bus a Hua Shan. Dos horas
más tarde me avisaron que debía bajarme del bus, lo que usualmente
no sucede a menos que uno pregunte. Entonces un grupo de mujeres y un
hombre, de Hong Kong, me convidaron a unirlos para llegar hasta la
entrada de la montaña.
Antes
de ascender la montaña desayunamos; yo comí “chau fan” (arroz
frito). Luego compré comida para la noche y mañana siguiente para
así evitar comprar arriba donde es caro. Y después busqué un lugar
donde dejar mi mochila.
Subí
con mi mochila pequeña, una polera, un polerón, una chaqueta, un
pantalón de buzo, un par de calcetines, zapatillas y un pijama, una
botella de agua y comida.
Muchas
veces me cuestioné, aunque no convencida, el no continuar; pero
habiendo subido tanto, lo sensato era seguir para alcanzar el
objetivo: el “pico norte”. Así que a mirar los peldaños y a
dejar volar la mente para continuar la caminata por las rocas casi
verticales. De vez en cuando, claro, había que “echar un vistazo”
para ver el paisaje que mientras más alto se volvía más
espectacular.
Tres
horas y cuarenta minutos me tomó llegar al pico norte, sin casi
detenerme excepto por segundos en que las piernas y la respiración
me lo pidieron; es un trayecto que, en promedio, se tarda de tres a
cinco horas. Y casi la mitad del trayecto lo hice a la misma
velocidad que un hombre de unos 70 años.
No
vi a ningún extranjero ese día. Subía gente de todas las edades y
vestimentas; las mujeres, aunque sin zapatos con taco alto esta vez,
seguían vistiendo ropas de ciudad muy arregladas.
Una
vez arriba, en el pico norte, el gentío apareció; esto gracias a
que los australianos construyeron un teleférico que sube en 10
minutos. Desde el pico norte se puede “caminar” hasta los demás
picos de Hua Shan.
Como
pensaba quedarme a dormir en la montaña para ver el amanecer desde
el “pico este”, decidí seguir caminando para acercarme a mi
destino y así no caminar mucho en la madrugada; después de todo ya
había subido “la mayor parte”, me dije... “¡las pinzas!”
“La
gracia” del pico norte hasta el pico este no fue graciosa. Tardé
dos horas y media en llegar hasta el hotel más lejano; con escaleras
igualmente difíciles y secciones con acantilados hacia ambos lados
del camino.
Antes de llegar a mi destino final me encontré con una escalera “terrorífica”; era vertical y con algunos peldaños con más de 90 grados de pendiente... afortunadamente había una escalera nueva al costado, de metal, para no arriesgar la vida. Pese a ello vi a dos personas intentar matarse.
Fueron
más de seis horas de caminata; la caminata más “feroz” que he
hecho en mi vida. Suerte que había entrenado todos estos meses,
sobre todo en China, caminando desenfrenadamente para todos lados.
Y
otra cosa que había durante el ascenso eran candados; atados a un
cincho rojo estaban enganchados a las cadenas que ayudan a sujetarse.
La gente deja en ellos sus promesas o anhelos al lanzar la llave al
precipicio.
Aunque
el agua de la botella que tenía se sentía cada vez más helada, y
mi piel estaba fría, no me di cuenta de la temperatura ambiental
hasta que vi manchas ¡con nieve! hacia la parte más alta, a 2.160
metros. Y es que luego de caminar más de ocho kilómetros en
pendiente, mi cuerpo hervía. Eran las 17:30 horas.
Diferente
historia fue la noche que pasé; congelada, con un cobertor no
suficientemente grueso para ese clima, y una cama de tabla. Tuve que
compartir el dormitorio con 11 hombres, todos chinos, que no sólo
dejaban la puerta de la pieza abierta cada vez que salían, sino que
fumaban en la cama mientras dormían. Así que, entre el dolor de
huesos (por la cama), el frío, el ruido de tres personas roncando y
las ganas de ir al baño, no dormí más que un par de horas. El baño
estaba lejos y sucio... la peor pieza del viaje y por Y100 la
noche... ¡fabuloso!
Porque
los cuatro hoteles que están en las cumbres de Hua Shan están muy
arriba, entre precipicios, la única agua que hay, y escasa, es la
que provee la misma montaña. Así que nada de ducha para limpiarse o
calentarse.
La
mañana estaba aun más fría, y con un amanecer que aunque bonito,
no fue fabuloso como esperaba porque todavía estaba nublado.
Entonces, a las 7 am, comencé a bajar.
¡Qué
mañana más maravillosa!, sin chino alguno que hablase o gritase sin
detenerse. Por ello pude ver ardillas y pajaritos por todos lados, y
maravillarme con un paisaje bonito y tranquilo; a los únicos que vi
fue a trabajadores limpiando las escaleras y a tres extranjeros que
subían.
A
las 11:27 horas llegué al pueblo de regreso. Almorcé con un china
de ShanHai quien hablaba inglés; iba a la montaña por un mes a
pintar. Luego tomé mi mochila y “me largué”. Por cierto no fue
fácil alcanzar mi destino próximo; luego de la micro y caminar a la
estación de trenes me enteré que esa estación nueva y enorme,
donde me habían indicado ir, no era la que me llevaría a mi
destino; una especie de tuk-tuk y luego una micro local me llevaron
hasta la estación adecuada, pequeña y “atorrante”... porque al
contrario de lo que la gente cree, mi viaje está en la categoría
“atorrante”, aunque no por ello no espectacular.
A
diferencia del sudeste-asiático, en China los “tuk-tuk” y otros
medios de transporte, así como la venta de comida y otros servicios,
usualmente no tratan de cobrar más al extranjero... imagino que es
porque de lo contrario uno no se quedaría en este país que, a mi
parecer y con excepción de la comida y el alojamiento, es bastante
caro.
En el tren rumbo a Pingyao tuve la suerte de tener varios “asientos duros” para extender mis piernas durante seis horas y media, y una pareja de chinos con algo más de educación con quienes comunicarme un poco más allá de lo común, y que no gritaban ni escupían... agradable.
En el tren rumbo a Pingyao tuve la suerte de tener varios “asientos duros” para extender mis piernas durante seis horas y media, y una pareja de chinos con algo más de educación con quienes comunicarme un poco más allá de lo común, y que no gritaban ni escupían... agradable.
A
las 21:30 horas del martes llegué a Pingyao. Para mi suerte había
un hombre en la estación ofreciendo el hospedaje a donde quería ir,
así que tuve transporte gratuito justo antes de que se fuesen a
dormir.
En
la calle la gente vende cosas, muchas extremadamente feas, y juega
badmington y a patear una bola con plumas. Por el frío, todos visten
chaquetas, aunque dicen que en verano la temperatura llega a los 40
grados centígrados.
Y no quiero seguir preguntando sobre más lugares para visitar, porque parece estar todo lleno de lugares interesantes y bellos por estos lados. Ya compré pasaje a Beijing, y no me quedan más que dos semana antes de dejar China, por lo que ya no tengo tiempo para ir a muchos lugares más... ¡maldición! Todo sumado a que con la llegada de noviembre los precios de los pasajes han bajado mucho, aunque el frío que corta los huesos ha llegado a temperaturas que de seguro bordean los 0 grados entre el atardecer y la mañana. ¡No me gusta el frío!... tampoco mucho calor.
Y no quiero seguir preguntando sobre más lugares para visitar, porque parece estar todo lleno de lugares interesantes y bellos por estos lados. Ya compré pasaje a Beijing, y no me quedan más que dos semana antes de dejar China, por lo que ya no tengo tiempo para ir a muchos lugares más... ¡maldición! Todo sumado a que con la llegada de noviembre los precios de los pasajes han bajado mucho, aunque el frío que corta los huesos ha llegado a temperaturas que de seguro bordean los 0 grados entre el atardecer y la mañana. ¡No me gusta el frío!... tampoco mucho calor.
El
hostal donde me quedé era una casa vieja muy bonita, toda de madera,
incluida la cama que otra vez era muy dura y que me hizo despertar
cada ciertas horas al dolerme los huesos; aunque fue un poco mejor
que la de la montaña. Y lo bueno, aunque extraño, fue que el
“dormitorio compartido” tenía únicamente dos camas y una ducha
a la que se accedía desde la pieza; la ducha me dio una bienvenida
grata luego de 48 horas con un sudor frío acumulado.
Decidí
quedarme una noche adicional en esta ciudad, pues caminar entre las
callejuelas es maravilloso y porque no iré a la montaña soñada que
tenía planeado; esto porque tengo las piernas adoloridas,
especialmente los muslos y las pantorrillas.
Luego visitamos los túneles sobre los cuales está la villa Zhang Bi; creados durante la dinastía Qing, hace 250 años, eran el escape contra las invasiones; eran muy parecidos a los que vi en Vietnam, e igualmente interesantes.
Otra cosa nueva que vi en Pingyao fue un “vestigio” de matrimonio. En esta cultura, el blanco es un color triste, mientras que el rojo simboliza alegría; por ello las novias visten rosa o rojo. La calle tenía estructuras rojas, arqueadas e infladas con aire que la cruzaban, y fuegos artificiales que más que luces lanzaban papeles, humo y hacían ruido muy fuertes.
Dicen
que en los funerales chinos, que no son más que otra fiesta, la
gente viste gorros y papeles blancos cubriendo los zapatos.
Ahora
al tren, ¡a la capital!
Antonia
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