14 de septiembre de 2010

Desde Hoi An, Centro, Vietnam



Cómo me está cautivando Vietnam. Es extraño, pero, mientras más tiempo pasa, más me siento en casa. Me gusta.
Dejé la jungla de Saigón. Tomé un “bus tradicional” a Mui Ne, una localidad pesquera hacia el norte que esté desarrollándosul turismo en base a sus playas y dunas coloridas. El bus tardó cinco horas.
El panorama del camino fue muy entretenido y bonito. La vista era bastante plana, con arrozales amarillentos, algunas palmeras y cientos de plantaciones de pitaya (dragon fruit) que corresponden a cactus de secciones alargadas sostenidos sobre estacas. También había muchos parronales. Las casas son alargadas, de uno o dos pisos de altura, con una puerta doble frontal que se abre en el centro y dos ventanas alargadas a los costados; por los lados no tienen muchas ventanas; están pintadas de colores pastel llamativos en su mayoría (verde, azul, lila, amarillo). Las construcciones no son abundantes, pero no se detienen en todo el paisaje... hay gente viviendo en cada metro a lo largo del camino. Pero pese a lo “pintoresco” es muy sucio, con mucha basura, a diferencia del delta del Mekong donde me pareció que pese a haber mucha gente el río no estaba tan cochino.
Y la calle de Mui Ne, con una longitud de 11 km, no se veía como yo esperaba. El primer sector tenía casas y hoteles ostentosos; mas allá estaba mi sector, con mucho que desear, pero simple y nada malo. Hacía calor, las veredas estaban incontinuas, con arena y malezas creciendo entre medio, todo “dejado de la mano de Dios”; había motos asechando a cada metro para llevarme a algún lado. El alojamiento no era ninguna maravilla, a no menos de US$6 la noche.
Decidí ir a la playa... y “suacate”, qué montonera de basura arrojada por el mar sobre la arena, ¡un asco! Así que en mi mente comencé a organizar el plan otra vez. Pensé y pensé, hasta que decidí ir a ver las dunas e irme al día siguiente fuera del lugar. Y es que a veces sucede que algo dentro de uno te dice que no es el lugar indicado y hay que partir.
Ya eran casi las 16 hrs, sin embargo un motorista me prometió que tenía tiempo suficiente para llegar a la playa amarilla (o roja) y a la blanca a ver la puesta de sol. ¡Qué paseo más lindo! En la moto-taxi, con el viento en la cara, una vista maravillosa y una luz aún mejor.
La playa amarilla era amarilla anaranjada; en el camino rumbo a la playa blanca, que era bien lejos, vi algo blanco a la distancia, pero el taxista en vez de ir para allá se detuvo en una anterior que a mi parecer de blanca no tenía nada... amarilla pálido, pero no blanca. Si no fuese porque ya habíamos viajado suficiente y el paisaje era de todos modos muy bello, hubiese alegado porque estaba segura que aquella no era la “playa blanca”; estaba lo suficientemente feliz con lo que veía. Como la puesta de sol era bella en todos lados, volvimos en la moto parando en muchos puntos para fotografiar; paramos en una villa en una bahía con cientos de barcos pesqueros que se veían fenomenal... qué ganas de tener un auto para viajar y detenerse o quedarse a disfrutar de paisajes tan bellos, con arenas de colores variados y aunque escasa con vegetación muy verde. También paramos frente a un cementerio buda, en que las tumbas eran muy parecidas a las casas: largas, altas y pintadas de colores pastel; el motorista me dijo que el símbolo buda (com el nazi) es puesto en la tumba; de no cruzar las líneas del símbolo, la gente queda ambulando. 
Algunas dunas estaban siendo removidas; entonces el taxista me explicó que la arena la venden a los japoneses y europeos, por 15.000vnd (US$0.75) el kilo... no creo que para tanto.
En la noche cené caracoles asados en un restaurante al aire libre, donde había gente local y algunos turistas; estaban muy frescos porque se movían aun antes de comerlos, estaban ¡muy sabrosos! En Vietnam, los restaurantes suelen colocar en la mesa, a parte del mondadiente usual de Asia, para sacarse las porquerías restantes de entre los dientes, una toallita húmeda para limpiarse las manos; hay que señalar que una táctica muy común, y en varios aspectos en este país, es que como en el restaurante en que cené,la toallita estaba sellada y por tanto la cobran más tarde en la cuenta… y yo pensando ¡qué amables!
Cuando fui a mi habitación, y luego de pasar por la entrada y sectores diversos del hostal, por donde las ratas corrían por todos lados... ¡del terror!, mi estómago empezó a portarse extraño otra vez. Suerte que mi bus no salía sino hasta la una de la tarde del día siguiente, lo que me permitió ver una película en la noche y dormir harto; en la mañana me aseguré de “evacuar” toda la pudredumbre de mis entrañas. Antes del viaje me tomé mi ansiada sopa de fideos con pollo, la que varía de lugar en lugar pero que es siempre muy sabrosa, y me “pichicatié” con una pastilla de carbón y de ibuprofeno para contraer cualquier “retorsijón de guata” que pusiese hacer estragos en el bus, y la última de las cardioaspirinas restantes para el viaje que sería largo.
Era la hora de la salida de la escuela, 12 hrs (en Asia se estudia de las 7-9 hrs hasta 11-12hrs). El uniforme de los alumnos más pequeños consta de una camisa o blusa blanca, un pantalón o falda hasta bajo la rodilla de color azul marino, suspensores azules y un pañuelo rojo atado al cuello; las mujeres de secundaria llevan un pantalón y túnica hasta la rodilla (abierta al costado de las piernas) de satín blanco... ninguna otra opinión fuera que parecen fantasmitas.
Aquí la gente sigue cubriéndose del sol. No sólo con mascarilla, sino con polerones de manga larga (que pueden ser gruesos), gustes largos y calcetines que periten que el dedo pulgar del pie calse en la hawaiana. Medio esquizofrénico al pensar que le calor es muchas veces intolerable y húmedo.
Resultó que me tocaron ambos buses con cama, el desde Mui Ne y el que cambié en Nha Trang (la playa-fiesta de Vietnam)... excelente para mi condición de “enfermita”. Ambos buses tenían tres corridas de camas a ras de piso y otras en un segundo nivel sobre las primeras; a  mí me tocó (porque te lo asignan cuando subes) al lado de la ventana, lo que fue perfecto. 

Me tocó cerca de varios turistas jóvenes con quienes conversé un poco y me reí con sus historias que se asemejaban mucho a mis experiencias; por primera vez la temperatura del  bus estaba adecuada (no extremadamente fría como suele suceder) y el paisaje era una maravilla. Desde las 13 hrs hasta las 18 hrs (llegada a Nha Trang), el paisaje fue fenomenal; no tenía idea de cómo sería Vietnam, pero sin duda no como lo que estaba viendo. Me sentí viendo una película desde la ventana. El camino iba serpentiendo la costa. La costa era preciosa, con un mar azul profundo, planicies arrozeras, palmeras y arbustos pequeños, entre cordones montañosos que iban desde el interior hasta el mar; las montañas eran altas y rocosas; habían vacas entre medio y agua corriente; me recordaron al valle central Chile, ¡qué bello!, pero más verde y menos habitado.
Las casas aún del mismo tipo que las del sur, pintadas en colores pastel, repitiéndose mucho el verde, azul y lila, en varios tonos y combinaciones; algo de rosado, gris y amarillo también había. No podía parar de tomar fotos, otra vez estaba demasiado feliz ante tanta belleza, ante lo que más me gusta ver, colores y luces.
El bus siguiente iba “un poco” más saturado de gente, incluso con algunos durmiendo en los pasillos, a lo Sudamérica pero en un bus moderno. Para mi suerte, me designaron (porque a veces aquí no hay opción) el último asiento de los cinco de la parte superior trasera, al lado de la ventana; pero como estaba en la parte trasera del bus y el camino no era muy suave, nos sentíamos como jureles en el bote, rebotando.
Tal “descanso y comodidad'” me hicieron mejorar. Hoy me sentí perfecto.
Llegamos hoy a las 6:30 hrs a Hoi An. Otra vez, ¡qué ciudad más bonita!, colorida, limpia y con casas antiguas y con estilo. Con influencia china, japonesa y europea, es una ciudad antigua, que para mi gusto es aún mejor que Luang Prabang en Laos; porque no sólo es bella, sino que tiene el “ingrediente” asiático marcado. Y la gente es fantástica; los vietnamitas me parecen muy buena gente, sonrientes y amables... ¡me encanta Vietnam!, si tuviese que escoger otro lugar donde vivir creo que escogería a este país. ¿Habré sido vietnamita en otra vida? 
Hoy arrendé una bicicleta para recorrer el centro de la ciudad, que es pequeño, y para pedaliar por las villas cercanas. ¡Todo es bello! Una de las especialidades de la ciudad es la fabricación de ropa; está “saturado” con tiendas de vestuario con modistos donde se puede mandar a hacer lo que se quiera, o copiar la ropa que se desee, y si bien no es “botado de barato”, a no ser que se quiera algo de mala calidad, el precio es bueno. Ya me mandé a hacer un vestido y una chaqueta, por lo que, “a dedos cruzados”, espero que resulten como quiero; ambas prendas son rojas, así como Vietnam me inspira... pero dejaré la estrella amarilla fuera para no parecer chapulín colorado. Ojalé el correo vietnamita se porte bien, ya que nada de esto me cabe en mi mochila que ¡está “chancha”!
Ahora voy a cenar y a ver un espetáculo “cultural”.
¡Nos vemos!
Antonia

11 de septiembre de 2010

Desde Ho Chi Ming (Saigon), Sur, Vietnam




Finalmente llegué a Vietnam.
Ho Chi Ming City (Saigon, como aún todos le llaman aquí) dejó chiquito a Bangkok. ¿En busca de motos? aquí es la oda a la moto, hay miles por todos lados; en una calle, la acera está llena de motos, la vereda tiene motos a la venta y hay moto-taxis a tu espera para rematar “la foto”. Como un chorro de agua, el tráfico vehicular no para; uno debe lanzarse a la calle, despacio para que te vean, y entonces cruzar entre motos, autos y buses. Para tu consuelo papá, el montón de cables eléctricos y telefónicos superan a los de Chile en cantidad... ¡impactante!
No hay nada malo con los vietnamitas; son buenos para sonreír cuando hay algún tipo de intercambio, e incluso algunos te saludan o sonríen “sin compromiso”, por lo que hasta ahora todo luce fantástico. El detalle, quizá, es que un porcentaje alto de la población sufre de “síndrome de Antonia”, ese del mal carácter que surge desde las entrañas cuando, por ejemplo, uno está en la pasada de alguien y entonces sin mirarte ese alguien pasa empujándote con “cara de palo” para que no estorbes.


Ya han pasado tres días y aún siento cierta pena por haber dejado Cambodia, su gente y los amigos que hice. Los extraño. Últimamente, incluso, hasta he llegado a sentir que me estoy acostumbrando a esta vida nómada, a compartir con gente que está en las mismas que yo, que pese a ser muy distintos compartimos un espíritu en común y nos apoyamos unos a otros. Miro por la ventana del bus y sigo soñando en este sueño, imaginando mi futuro, otros lugares, lo que me sorprenderá en los días siguientes. No dudo que conoceré a más gente increíble, así como en estos días en Vietnam; pero aquellos que conocí en Cambodia fueron una especie de familia... a parte del pinche por un día que saqué al final... jeje.
El último día en Sihanoukville fue nuevamente de playa, aunque esta vez en la playa principal, Serendipity, nada muy linda aunque agradable para echarse y tomarse un “shake” de zanahoria. Esta vez y nuevamente, las mujeres casi “me sacaron de mis casillas” con esa insistencia por tratar de vender sus servicios y tocar las piernas para sacarte los pelos; una incluso comenzó con el hilo a trabajar pese a que le repetí unas diez veces que no... al menos aprendí cómo funciona su sistema de depilación. Y conocí a una niña de diez anos, Kieve, extremadamente simpática y amorosa, y que pese a darle mis últimos rieles que tenía, sin pedirle nada a cambio, me hizo una pulcera para mi tobillo, y luego regresó a mí para sentarse a conversar y a hacerme un marcador para mi libro; cuando era tarde nos despedimos y me dio un abrazo, ofreciéndome posar con ella para una foto de recuerdo de amigas... ¡casi me la robo!
Esa noche tomé el bus nocturno a Ho Chi Ming, cuyo viaje tardaría 10,5 horas. Era el bus más extraño que haya visto; con dos pisos de camas, una arriba de la otra, y cada cama con una parte plana para las piernas y otro tercio en ángulo para la espalda, en tres filas separadas por pasillos a lo ancho; muy cómodo para dormir. El punto fue que a las tres horas de vieje, una vez en Phenom Penh, me cambiaron de bus (porque ese iba a Siem Reap), a uno del tipo clásico chileno, aunque con dos asientos a mi disposición, y que terminó tardando 14 horas... tema que ya no sorprende. A las 5 am llegamos al cruce de Cambodia con Vietnam, donde paramos por una hora ¡a desayunar!; hubo un amanecer precioso, con el horizonte rojo intenso dando la bienvenida a la República comunista de Vietnam.
Decían que en Vietnam no había mucho acceso a internet y otras comodidades de la vida occidental y capitalista; pero este país se nota que, si bien no hace mucho tiempo, “se subió al mismo carro” que el resto de los países; desde 1986 los extranjeros están autorizados para venir a construir. Ahora la gente quiere “prosperar”, vivir mejor, superar los destrozos de la guerra y “salir a flote” de la mejor forma posible. Trabajan siete días a la semana y no tienen vacaciones (según lo dicho por el guia). Con uno de los crecimientos económicos más elevados en el mundo, como dicen, está “desarrollandose a mil por hora”, aunque con ayuda externa también, entre ellos el de la China.
La bandera, roja con una estrella amarilla en el centro, representa la sangre roja y la piel amarilla del vietnamita, y las cinco puntas de la estrella los grupos de personas del país (que no recuerdo).
Este mundo se ve, aunque nunca he estado allá, mucho más cercano a la China que le resto del sudeste asiático. Las caras son más achinadas, aunque también muchas son parecidas a las de los camboyanos; son más blancos. Las mujeres visten conjuntos de una misma tela, el pantalón y la parte de arriba de manga larga, delgados, de colores vivos y estampados setenteros semejantes a los pijamas de las camboyanas (sin ser pijamas). Son muy delgados. En especial las mujeres, usan mascarillas en la calle (así como vi antes), y no sólo en la ciudad para evitar respirar la contaminación atmosférica, sino también, como una chica con la que converse hoy me contó, para ¡mantener sus pieles blancas! Muchos se sientan en las veredas a tomar un té, a mirar lo que sucede.
La comida no varía mucho del resto de Asia; mucha fritura y aún más coco. Pero cocinan con más vegetales y tienen rollitos primavera sin freír, con arroz, “basil” y camarón cubiertos con laminas de arroz.
El alojamiento es mucho más caro que en los países anteriores, incluso más que en Laos; no encontré nada por menos que US$7 por noche; lo normal-barato es US$10. Y así como los camboyanos, “ni tontos”, manejan todo con dolares americanos, por los que pese a que su moneda está devaluada respecto del dolar en el 2007, traducen todos los precios y entonces no hay alternativa de pagar menos.
Su moneda es el “dong” (1 US$ = 19.300 d). Y es así como me di cuanta ahora que en Camboya gasté mucha más plata de lo que creí.
El idioma es otra vez diferente, y ahora con tonos distintos. La escritura, eso sí, es con el alfabeto romano y que lleva acentos variados sobe las letras para los tonos. “Hola” se dice “xin chao” (se pronuncia “sin chao”), muy fácil para mí, y con el mismo tono que en chino (se sube en “xin” y se baja en “chao”); “gracias” se dice “cam on”, como “come on” en inglés, pero con un tono levemente diferente.
Cuando lleguá a HCMC, entre el caos de la gente ofreciéndo sus habitaciones en casas que son angostas y altas y cuyas piezas baratas obviamente están en el último piso, y el calor y los precios elevados, paré a una chica que estaba en las mismas. Con Clementine, francesa, arrendamos una pieza en un hotel, muy elegante para mis estándares y de ella, pero finalmente compartimos el pago, por lo que estubo bien.
Entonces con mi amiga nueva por un día, Clementine, caminamos por el centro de la ciudad. Fuimos al Palacio de la Reunificación, que nada de interesante tenía... una casa grande con tres salones en el primer piso, una de conferencias, otra de asambleas y otra de no sé qué, y un segundo piso que no visitamos porque “nos dio lata” gastar energía en la escalera para algo que se veía sin interés. Entonces fuimos al Museo de la Guerra, muy bueno, con fotografías variadas, con relatos y escritos por todos lados; aquí sí que lamenté no saber sobre historia, tanta información me bombardeó el cerebro sin poder reunir los echos con los demás acontecimientos internacionales, aunque las fotos a veces “hablan por sí solas”... dicen. Fue extraño ver y leer historia desde el lado opuesto; yo siempre vi esto desde “los ojos” gringos; ahora el vietnamita es el que habla, y por lo tanto las atrocidades resultan más que terroríficas, sobre la gente, sociedad, país y ambiente. Pero aún me queda la duda, la incertidumbre de creer palabras que vienen desde un sólo lado; las cifras, sin embargo, reflejan mejor lo acontecido... 60.000 estadounidenses muertos por un lado y 3.000.000 de vietnamitas muertos y miles de otros afectados por secuelas de quemaduras y malformaciones, y paisajes destrozados por los químicos que arrojaron... una barbaridad, y unas fotos que en muchos casos simplemente no pude mirar.
Caminamos también por los alrededores de Saigón, cruzando rotondas con el tráfico característico; fuimos al mercado, iglesia, teatro... caminamos como de costumbre (pero con zapatillas).
En la noche nos duchamos y fuimos en busca de nuestro masaje. En “pelotas” estábamos las dos sobre nuestras camillas adyacentes, y “suacate” que mi masajista saltó sobre mí para caminar sobre mi espalda. Resultó que en el techo había un fierro para ayudar al equilibrio de este masaje tailandés que nunca vi en Tailandia. Fui sobajeada como nunca. La tipa era una acróbata; pasó sus rodillas por mi espalda; y si no fuese porque al parecer sabía lo que hacía, me hubiese matado allí mismo, porque mi cuello y espalda crujieron “de miedo”... me reí muchisimo, y ella y mi vecinas también. A Clementine le tocó una masajista mucho más relajada; pero no me quejo, porque la pasión con la que hizo su trabajo me dejó no solo “boca abierta” sino también renovada y asombrada. Fue extremadamente gracioso.
Más tarde cenamos y nos fuimos a dormir porque estábamos cansadas y nos debíamos levantar temprano.
Ayer por la mañana, a las 6:30 am, Clementine ya se había ido a Cambodia. Yo partí en tur al delta del río Mekong.
Creí que el delta del Mekong era boscoso, lleno de vegetacion, con poblaciones y villas pequeñas. En cambio, me encontré con carreteras nuevas, puentes enormes, casas desbordándose a la orilla del río, vegetación baja y no abundante; no muy bonito. El camino tenía arrozales amarillentos, llegando a su punto cúlmine de maduración y cosecha.
El Mekong aquí se divide en muchos brazos, por lo que hay ríos por todos lados. El agua es café. Las embarcaciones son de madera, muchas pintadas con una cara roja en la parte frontal, con ojos negros y blancos, muy bonitos.
El primer día fuimos a My Tho (se lee “mi-tó”) donde tomamos una embarcación que se paseó por las islas y nos trasbordó a un bote angosto y largo, para cuatro personas, con dos personas con un remo cada una, una en la parte delandera y otra en la trasera del bote. Todos vestimos con los gorros vietnamitas típicos, puntiagudos y hechos de palmera. El bote se metió por ríos pequeños para visitar a una productora de dulces de coco caseros, y luego cruzó a hasta la costa opuesta, en Ben Tre (se pronuncia “ben-tré”), donde anduvimos un poco en bicicleta y almorzamos. Esa noche nos alojamos en un hotel en My Tho y cenamos en el restaurante adyacente; en el menú ofrecían, en otros, serpiente, ranas y ¡ratas!. Hoy en la mañana, a las 7 am, tomamos un bote a motor para visitar primero el mercado en tierra y el del río más tarde. En el mercado en tierra vimos las cosas más increíbles... estábamos todos impactados y entretenidos con las cámaras. La gente usa los sombreros vietnamita por todos lados, y las mujeres sus vestuarios multicolores. Ahí estaban las ratas abiertas mostrando sus entrañas, ordenadas unas al lado de otras sobre bandejas; tambien cada una de las partes de animales expuestas... orejas, lenguas, ojos; frutas variadas, utensilios. Y la gente, a diferencia de la de los otros países, no le teme tanto a la cámara; a algunos no les gusta ser fotografiados, pero no responden con ese “no” determinante como en los países budistas.

El mercado flotante es muy distinto al de Bangkok; sucede en barcos, en el río grande. No es turístico. En los barcos colocan una vara alta con los productos que venden en su extremo, para saber a dónde dirigirse; venden especialmente frutas y verduras. Y los consumidores van en sus botes a remo o motor paseándose. Muy interesante. Las casas adornan el río en su ribera; palafitos que en muchos casos casi no se veían porque el agua estaba muy alta. Y es que la época lluviosa no finaliza sino hasta octubre; las ciudades se inundan con la subida del río durante las lluvias, y luego vuelven a secarse.
Más tarde visitamos una productora de fideos de arroz artesanal, donde todo es hecho eficientemente; el combustible para cocer las láminas de arroz son las cubiertas que el arroz deja y que luego de quemadas se usan como fertilizante; las láminas de arroz, cocidas a modo de panqueque, son secadas sobre planchas de bambú bajo el sol. Y entonces visitamos un predio frutal pequeño, con piñas, fruta dragón, jackfruit, plátanos y papayas; me comí una piña completa, compartiendo con otros; a la gente le gusta comer la piña con sal mezclada con aji, así como algunos comen la manzana verde con sal. Jackfruit resultó tener un sabor algo similar a la lúcuma; y la guaba verde resultó ser lo mismo que el jampur que probé en Malasia.
Y el tur terminó. Pero no puedo olvidar y mencionar al guía turístico, a Mr Tong, que es el guía más entretenido que haya tenido; carente de los dos dientes inferiores frontales y con mucho sentido del humor, aunque a veces no era muy divertido y por ello daba el comienzo de la risa para saber cuando reír; contaba historias o explicaba de un modo difícil de olvidar, como el mencionar que comer coco en la actualidad es mucho más fácil por que se tiene dientes inferiores para roer (replicando el gesto con sus dientes faltos); además, cada vez que pudo nos cantó canciones en vietnamita y luego traducidas al inglés, muy monótonas pero absolutamente divertidas; la canción emblema “Vietnam, Ho Chi Ming” (viet naam, hooo chiii miiiing, viet naaam, hooo chiii miiing).
Al regreso a HCMC busqué alojamiento y salí a ver el caos último antes de partir mañana temprano a la playa Mui Ne, cinco horas al norte. Creo que esta ciudad puede ser caminada y visitada un poco más; pero no es muy interesante para mí al y no tengo días de sobra; los túneles los veré en Hoi An.
Ufff, hay tanto que contar, pero ya no más, ¡me voy a cenar!
Antonia

7 de septiembre de 2010

Desde Sihanoukville, Sur, Camboya

Los Camboyanos son gente maravillosa. Mientras más al sur me voy, más veo el pais y más me gusta.
Desde la capital, Phenom Penh, me fui en un bus local, por tres horas, hacia el sur, a Kampot. No me pregunten porqué, sólo decidí ir para allá. Y otra vez viví el fanatismo del karaoke chillón en el bus y de una pelicula, Rambo. Nunca vi Rambo en mi vida, ni ahora fue la excepción; pero me di cuenta que está inspirada en masacres burmanas, lo que no me pareció muy apropiado de mostrar dada la historia que Camboya ha tenido, aunque una vez más la gente lo disfruta todo. Yo creo que el nivel de ingeniudad en esta poblacion es enorme; a veces, las peliculas “cómicas” que para mí son sólo para niños, son gozadas por toda la audiencia; les encanta incluir a homosexuales y hacer burla de todo; esto sobre todo en Tailandia.
Kampot es una ciudad con influencia francesa, con mucho edificio colonial bonito; pero, y aun cuando hay mucho extranjero que se ha venido a vivir a estos lados porque les gusta, para mí tiene demasiada basura en las calles, sobre todo en el mercado. Tiene, sin embargo, un río bonito y sin duda un potencial enorme, sobre todo la de su gente que es muy encantadora, y con un clima más agradable (templado) que el del centro del país, por estar en la costa.
En Kampot tomé un tur para visitar el parque nacional Bokor, que de nacional no sé qué tiene porque es privado. Tiene un camino que asciende una montaña y que simplemente sorprende porque su instalación es lejos mejor que cualquier otro camino en el pais. Con financiamiento chino, luego de haber sacado todas las minas, están arreglado el lugar para construir un hotel tremendo con 400 habitaciones... ¡qué locura!  
Bueno, ir al parque era, para mí, una forma de ver la fauna nacional. Supuestamente aún habitan tigres, serpientes y elefantes en el sector, y aunque no esperé ver a ninguno de estos, no vimos más que a un pájaro enorme. Los gibones se oían gritar y las cigaras cantar mientras subimos durante una hora y media un trayecto boscoso, acompanñados por un tipo ametrallado en caso de que apareciera alguna “bestia”, y por el guía. El guía era experto en selva e historia; escapó al Khmer Rough durante el régimen, debiendo vivir a escondidas en la selva por dos años; su familia fue asesinada y más tarde se unió al ejército vietnamita hasta que “las cosas” se tornaron mejores cuando las naciones unidas se metió en “el embrollo”. Por cierto el tur se tornó más bien cultural que natural. Una vez en la cima, y con un clima lluvioso típico de altura y con neblina densa, visitamos un casino del año 1925 y la antigua localidad circundante, todo en estado calamitoso; creada por los franceses como centro vacacional para gente rica, por su clima frío, terminó siendo zona de prisión y tortura... detalle que el guía esperaba con ansias contar. Esto me recordó nuestra historia cineasta, en que toda película solía recaer en el mismo tema político que no vale la pena mencionar; aunque quizás para sanar la mente.
De regreso a Kampot, fuimos en bote por el río a ver el atarceder. Muy bonito. Y otra vez conocí a mucho turista simpático, entre ellos a un irlandés, Brandon, y a una pareja de españoles adultos con quienes “mi lengua” no paró de hablar.
Y nada más de mi interés en Kampot. Decidí partir a la playa, al oeste, a Sihanokville, cuyo nombre es el del rey actual.
No para de impresionarme la vestimenta de las camboyanas, que no es precisamente la que un chileno imaginaría. Un gran número de mujeres viste pijamas en todo lugar: en la playa, en la ciudad, en el bus; visten de esos pijamas de conjunto de algodon grueso, de pierna y manga larga, de colores llamativos y estampados con caricaturas.
Al llegar a Sihanokville estaba lloviendo; ¡fabuloso!. Por fin en la playa después de más de un mes y ¡está lloviendo! Me fui a mi habitacion de sólo US$3 y baño privado, aunque nada muy “pituca”, a leer mi libro camboyano “First they kill my father”. ¡Qué bueno el libro!, un poco macabro pero muy bueno, escrito por una mujer que describe su pesadilla vivida durante su niñez y el Khmer Rough. 
A las 13 horas la lluvia paró y el sol salió. Sihanokville no es el paraíso que decían; pese a ser una ciudad a donde el turista viene por las playas y sol, el “desarrollo” la tiene sin identidad y extremadamente sucia con escombros de las construcciones. Espero lo arreglen con el tiempo. Las fiestas nocturanas están “a la orden del dia”, con extranjeros erradicados distribullendo panfletos mientras los comboyanos se encargan de los puestos a lo largo de la costa, en donde uno puede usar sus reposeras con cojines muy cómodos por la compra de cualquiera de sus tragos o comida. Las mujeres y niños pasean por la playa vendiendo pulseras y ofreciendo masajes y ¡depilación! Con la insistencia que los caracteriza, te preguntan si quieres masaje; si la respuesta es negativa te anuncian que regresarán para preguntar otra vez, y que de desearlo debes hacerlo con ellos y no con otros, y entonces te tocan la pierna y te dicen que necesitas depilación... ¡qué irrespetuosas! Pero su sistema de depilación es fabuloso; toman un hilo al rededor de los dedos de ambas manos y dejan otro sujero con la boca, mientras abren y cierran los dedos como cortando con tijera para que el hilo se cruce y gire entre las manos.
Como la playa principal no tenía nada de bonita, estaba con mucha gente y sin arena blanca, hoy, en mi segundo día, arrendé una “moto taxi” que me llevó hasta la playa “Otre”, que si bien no era blanca como la guía mencionaba, fue muy agradable, con muy poca gente y espaciosa. Esto fue nuevamente a partir de las 14 horas, pues en la mañana otra vez llovió. 
Ayer en la tade y noche me encontré con Brandon y con todo el grupo de turistas que conocí en Phenom Penh: Gavin, Adrian, Andres y otros más. Eso fue una sorpresa muy bonita. Querían ir ¡al casino!, así que fuimos luego de comer bichos; yo probé serpiente frita (gusto a pescado) y larvas de insecto (textura blanda, nada de rica). Y en la noche fuimos a un local de baile en que no me quedé más que dos minutos porque no me gustó... me fuí a dormir. 
Mañana es mi último día en Camboya. Espero esté asoleado para ponerle a mi cuerpo el bronceado que ha desaparecido casi completamente, para luego tomar un bus nocturno hasta Ho Chi Ming City. A la isla vietnamita famosa Phu Quok, ex camboyana, que queda en frente, no voy porque es muy caro el trayecto y no me queda mucho tiempo.
Aún estoy pensando qué hacer luego de China; si seguir mi plan de ir a Nepal y luego al norte de India, todo muy rápido en tres a cuatro semanas, o desviarme y visitar Taiwan y Filipinas, que si bien es una opción menos tentadora me permite abarcar más tranquila y mejor el sudeste asiático y tener playas al final de mi viaje, que de lo contrario no habré tomado sol en los últimos dos meses y medio. Para que sea mas interactivo, a modo de “reality show”, porque esto es “en vivo”, quisiera sus comentarios respecto de “¿a dónde debería ir Antonia?”.
Muchos cariños a todos y en especial para mi abuela, para que se recupere del resfriado.
Antonia